martes, 3 de mayo de 2011

La visión abierta

Título:          La visión abierta
Subtítulo:     Del mito del Grial al surrealismo
Autor:          Victoria Cirlot
Editor:         Siruela
ISBN:         978-84-9841-439-4
Lugar:         Madrid
Fecha:         2011
Reseña:       Babelia (El País) España


ENSAYO. La leyenda del Grial es sólo una de las perspectivas desde la que este libro se enfrenta a un tema universal: la "visión abierta", el ojo interior, el ver más allá del ver. Ver con una inmensa claridad, comparable a la del sol reflejado en un pote de estaño como le sucedió a Böhme, los grandes secretos del universo, penetrar en eso que, bajo aspectos diferentes, siempre se ha llamado "Dios". Como si hoy, por decirlo así, traspasáramos la barrera de Planck y descubriéramos lo que los mismos físicos llaman la fórmula o la partícula "de Dios". Cuando el Grial aparece ante la corte del rey Arturo cubierto de una tela de seda, Gauvin, caballero de la mesa redonda, de escudo y estandarte blancos, luminosos, cuyas fuerzas crecen con la luz del sol hasta triplicarse al mediodía, se lamenta por no haberlo podido "ver claramente" y jura no retornar a la corte hasta haberlo conseguido. A Victoria Cirlot le intriga esa heroica pretensión de Gauvin y realiza un bello esfuerzo por aclarar ese inquietante ver claro, abrir esa misteriosa visión abierta, entender qué pueda significar eso. Las experiencias visionarias de Hildegard von Bingen y de Jacob Böhme, la originaria de todas: el Apocalipsis de San Juan, así como el mundo imaginal de la cultura irania, están en la base de su análisis. Que despliega confrontando todo ese mundo excepcional de experiencia en evangeliarios, retablos, salterios, códices, misales, piedras, con algunos testimonios, no menos insólitos, del proceso creativo del XX, con surrealistas como Breton, Ernst, Magritte, Masson, Brauner, o con Picasso. En el vuelo mágico del artista, dice, como en el del visionario, la percepción sensitiva no desempeña papel alguno, las imágenes alcanzan valor de símbolos, se alejan de lo efímero mundano para mostrar la eternidad celeste. Entre visionarios y artistas este libro crea él mismo un mágico círculo de ida y vuelta, subyugante tanto por la profundidad mística de su mirada esclarecedora como por la elegante agilidad de su narración.
Parece que también Cirlot, como visionarios y artistas, haya "visitado el cielo".

Isidoro Reguera  30.04.2011

domingo, 1 de mayo de 2011

Oxford 7

Título:          Oxford 7
Autor:          Pablo Tusset
Editor:         Destino
ISBN:         9788423344369
Lugar:         Barcelona
Fecha:         2011
Reseña:       El Cultural (El Mundo) España

Desde la aparición de Lo mejor que le puede pasar a un cruasán (2001), las novelas de Pablo Tusset (Barcelona, 1965) han apuntado una línea de humor y sátira descoyuntada poco frecuente entre nosotros, sobre todo si se compara con su auge en otras literaturas europeas. Oxford 7 recorta mucho esa faceta humorística y se sitúa, además, en el terreno de la narrativa de anticipación -que a veces se confunde con el de la llamada ciencia-ficción-, escasa igualmente en la literatura española, a pesar de relatos ya clásicos como los de “Clarín” (“Cuento futuro”), Madariaga (“La jirafa sagrada”) o Pedro Salinas (“La bomba increíble”), además de incursiones ocasionales en el género por parte de otros autores (Tomás Salvador, Torrente Ballester, Elia Barceló, etc.) y de novelistas difundidos en colecciones populares, como Domingo Santos o Juan José Plans. Y aún podría dedicarse un recuerdo a las creaciones, hoy arqueológicas, de Jesús de Aragón o del “Coronel Ignotus” (José de Elola), consumidas durante el primer tercio del siglo XX. Oxford 7 participa de los elementos de la literatura de anticipación -sus acciones se sitúan en el año 2089- y ofrece numerosos elementos propios de la ciencia-ficción: naves espaciales, comunidades humanas alojadas en diversos planetas -de los que “Earth” es tan sólo uno más, que conserva ciudades y edificios “vigésimicos”-, lluvia artificial, jardines hidropónicos, artefactos técnicos de extremada complejidad en cuya descripción minuciosa derrocha el autor inventiva e ingenio, pero, sobre todo, una transformación de hábitos y valores que afecta a todos los modos de la existencia.

Es en este aspecto donde el humor satírico de Pablo Tusset despliega sus mejores virtudes. En el campus de Oxford 7 brilla una adaptación del antiguo lema norteamericano, convertido ahora en “In Gold We Trust”; la moneda es el eurodólar; no existen médicos, sino “ingenieros sanitarios”; hay Facultades universitarias, patrocinadas por grandes firmas comerciales, como Apple y Coca-Cola, de Ingeniería Sexual, de Artes Plásticas Precomputacionales, de Ingeniería Emocional, y cátedras de Pintura Plana, Emotividad Diferencial, Heavy Metal Precomputacional y otras materias igualmente sorprendentes. Ahora bien: existen también muchos instrumentos que, como los chips subcutáneos, parecen hechos para facilitar la vida diaria en pagos, gestiones e información médica inmediata y, sin embargo, son medios formidables de control del ciudadano, de su vida, sus acciones, su relación con los demás y hasta sus deseos. El esbozo de este sistema de vigilancia universal y exhaustiva, mucho más perfecto y aniquilador que el imaginado por Orwell en 1984, proporciona a la novela de Tusset cierta arista trascendente, un tanto emborronada por el matiz chusco de muchos pasajes y por lo confuso de la historia, organizada en torno a una misteriosa misión que ciertos enviados de Oxford 7 deben realizar en una Barcelona futurista, posterior a la Toma de la Boquería, donde el único valor que sobrevive, inmune al tiempo y a la destrucción, es el Barça -con su negocio de venta de camisetas y cachivaches diversos-, y donde el poder se halla en manos de los antisistema, que, en connivencia secreta y mediante un pacto con las autoridades municipales, ocupan como residencia el antaño noble edificio del Liceo, capitaneados por un Francisco Asis cuyo nombre, lejos de evocar al creador medieval de la Orden Franciscana, designa (A-Sis) a los nuevos rebeldes.

Hay ingenio en muchas páginas de Tusset, cierta melancolía implícita ante una Barcelona degradada y también un deliberado freno a cualquier tentación de convertir la historia en fábula trascendente. La obra está escrita con agilidad y no libre de descuidos: “ese área” (p. 11), “el límite está nítidamente delimitado” (p. 21), “estoy en la sala de juntas en dos minutos” (p. 23), “separa y junta por tres veces las yemas” (p. 35), “los destellos multicolor” (p. 70), “podéis largaos de aquí” (p. 253) o el catalanismo “se aguanta” (p. 186) por “se sujeta”.


Ricardo Senabre  29.04.2011

Punto de fisión

Título:          Punto de fisión
Autor:          David Torres
Editor:         Algaida
ISBN:         9788498775686
Lugar:         Sevilla
Fecha:         2011
Reseña:       El Cultural (El Mundo) España


Con la práctica de diferentes subgéneros narrativos en una media docena de obras David Torres (Madrid, 1966) está construyendo una trayectoria novelística de interés y mérito literario crecientes, reconocida por algunos premios como el Dashiell Hamett de novela negra y el Tigre Juan (Niños de tiza, 2008), la condición de finalista del Nadal (El gran silencio, 2003) y ahora el IV premio Logroño concedido a su última novela, Punto de fisión, de la cual hay que destacar la riqueza semántica encerrada en sus múltiples aspectos temáticos, la variedad de asuntos entrelazados en su laberinto de historias, y la diversidad y versatilidad de modelos narrativos empleados.

Las cuatro historias están desarrolladas en narración alternante con pertinentes nexos de unión entre todas, de modo que al final los cuatro ejes vertebradores convergen en una misma historia compleja. En su desarrollo colaboran dos narradores, uno en primera persona que cuenta lo relatado en el manuscrito de Punto de fisión, reproducido en letra cursiva, y otro narrador omnisciente que cuenta en tercera persona las tres historias restantes. El narrador del manuscrito es el ucraniano Sergei, un niño cuya infancia en Pripyat quedó destrozada por la explosión de la central nuclear de Chernobyl y que ha recorrido Europa, hasta llegar a este Madrid del siglo XXI, contando aquella trágica experiencia bajo el peso de los fantasmas que han escindido su personalidad llevándolo al abismo; su relato parece arrancado de una fantástica ciencia ficción hecha realidad, por lo que sucedió en la central ucraniana (y porque los lectores recordarán la actualidad de lo ocurrido en la japonesa de Fukushima).

La segunda historia está protagonizada por un editor hipocondríaco extorsionado por su ayudante, después de un gatillazo que cambia su vida, empezando por el divorcio y la mentira de su enfermedad y terminando por convertirlo en autor de éxito con la publicación de sus memorias. En otra historia descubrimos las alucinaciones de un individuo anodino a quien un rayo ha convertido en voraz lector y delirante escritor de novelas disparatadas. Estas dos últimas historias encierran numerosos ingredientes literarios, con grandes dosis de parodia, ironía y humor, desde los versos tatuados en el cuerpo de Julia y su voracidad sexual hasta las estrafalarias historias imaginadas por Leo Zubiri y su editor de Libros de la Nada, pasando por las obsesiones y crueldades de un lisiado crítico de cine porno y lo añadido por la historia que comento a continuación. En ella conocemos la investigación policial de unos atentados terroristas perpetrados por el madrileño PICHY (Partido Independentista Chulapo ¿Y?), que han decapitado a La Cibeles y desnarigado a Neptuno por ser divinidades extranjeras. En esta historia descansa el componente de novela negra y con ella se suman nuevas escenas humorísticas de una realidad grotesca, tanto en la accidentada investigación del inspector Rodríguez como en su condición de policía-poetastro que recita sus versos en la extravagante reunión de bohemios en La Caverna, de Lavapiés, donde brillan el Poeta de Terracota y el gorrón de Luisito Sanabria.

Baste lo explicado para dar cuenta (imposible) de la extraordinaria riqueza genérica, argumental y temática de una obra que es, a la vez, novela de ciencia ficción, fantástica, onírica, negra y metanovela que, con intención lúdica y visón humorística, reflexiona sobre sí misma y sobre la literatura en general. El amor y el sexo, la infancia perdida, los nacionalismos, las mafias, el dolor, la violencia, la muerte, la obsesión del doble (en varios personajes) y el mito (en el de Julia-Katia) son los temas dominantes cuyo tratamiento, sometido a deformación esperpéntica, desemboca en una visión grotesca del mundo, si bien al final queda un signo de esperanza en el viaje europeo de Julia con el manuscrito de Sergei y un hijo en su vientre (al que llamará Sergio) hacia el lugar de la catástrofe nuclear en Pripyat-Chernobyl.


Ángel Basanta  29.04.2011

martes, 26 de abril de 2011

La División Azul. Rusia, 1941-1944

Título:            La División Azul. Rusia, 1941-1944
Autor:            Jorge Martínez Reverte
Editor:           RBA Libros
ISBN:           9788498679465
Lugar:           Barcelona
Fecha:           2011
Reseña:         ABCD (El ABC) España

A setenta años de su creación, la División Española de Voluntarios continúa siendo objeto de una atención que muy pocas unidades del Heer han disfrutado o padecido. Porque hay que advertir que, a diferencia de otras unidades aliadas de Alemania, la 250 División de Infantería juró fidelidad a Hitler y actuó en todo momento, para bien o para mal, como una unidad de la Wehrmacht. Gracias a los trabajos recientes de Bowen, Thomàs, Moreno Juliá, Rodríguez Jiménez o Nuñez Seixas, podría pensarse que está todo dicho sobre la División Azul, pero aún quedan muchos recovecos por explorar (por ejemplo, en los archivos soviéticos o alemanes), y asuntos polémicos que esclarecer.
Puntos oscuros
Con el dominio de la publicística memorial e historiográfica al que nos tiene acostumbrados, al que adjunta puntualmente documentación de archivo, Martínez Reverte nos ofrece una narración plausible de la peripecia de esta unidad, cuyos altibajos de fortuna pueden ser contemplados como un barómetro de la actitud cambiante de España respecto de la Guerra Mundial. El autor se detiene en aquellos puntos oscuros que la mitificación de los combatientes ocultó en su momento. Para ello, dedica tanta atención a las operaciones del frente como a los movimientos en tres retaguardias: la española, la alemana y la rusa. En la primera se hace una buena descripción de los rifirrafes mantenidos entre Falange y el Ejército, o entre germanófilos y neutralistas en el seno de las Fuerzas Armadas.
Juego de camarillas
En este contexto de tensión creciente se debe integrar el envío de un cuerpo expedicionario que atendió a varios propósitos: ajustar las cuentas pendientes con soviéticos y alemanes, disponer de una baza negociadora en el diseño del Nuevo Orden europeo nazi, dar salida económica y de mérito a la plétora de oficiales jóvenes surgida de la guerra, y reducir el nivel de confrontación con los militares satisfaciendo el ardor guerrero de un falangismo extremista cada vez más descontento con la evolución del régimen, desviándolo de la lucha con la tendencia contemporizadora representada por Arrese.
En este juego de camarillas, Martínez Reverte destaca el cinismo de algunos jerarcas que presionaron a sus correligionarios que no habían combatido en la Guerra Civil para que demostraran su valor en Rusia, la venalidad de algunos generales sobornados por el Reino Unido con la intermediación de Juan March y la actividad de la prensa, especialmente en sus connotaciones ideológicas (la difusión del mito conspiratorio judeo-marxista-bolchevique), y los lazos económicos con el nazismo a través de la financiación de los corresponsales en Berlín.
La narración de las vicisitudes en la retaguardia germana tiene dos nombres propios: Hitler y Muñoz Grandes, que compartían la inquina hacia Serrano Suñer, quien con su llamada a las armas aceleró paradójicamente la liquidación de la Falange revolucionaria, que tras ser diezmada en el frente ruso nunca volvió a recuperar las posiciones políticas perdidas. Más allá de sus conspiraciones con el Führer para encabezar una posible alternativa a Franco, Muñoz Grandes no sale bien librado de su mando divisionario: se le censura su desorganización y sus errores de cálculo, que llevaron a malgastar la vida de sus soldados en baldías operaciones en busca de honor y prestigio militar.
Pero el escenario verdaderamente dramático es el que se está desarrollando en las retaguardias cercanas al campo de batalla, ante los ojos de los soldados españoles. En realidad, la verdadera tragedia no es la suya, sino la de la población civil sitiada en Leningrado (donde hubo 1.200.000 muertos, cuatro veces más víctimas que en toda la Guerra Civil española) o la de los judíos que estaban siendo concienzudamente exterminados, y que aparecen en la lejanía de los relatos de unos combatientes españoles que pasaron de puntillas sobre el genocidio que se estaba perpetrando sin apenas expresar desazón sobre el trato a los prisioneros, pero que en el frente del Voljov ejecutaron fielmente las órdenes antipartisanas emitidas por el Alto Mando en esa criminal «guerra de exterminio» eficazmente descrita por Omer Bartov.
Bloqueo mental
La narración de Martínez Reverte proporciona un crudo contrapunto realista a la plétora de memorias y hagiografías que aún se escriben sobre esta unidad, en las que se sigue constatando el bloqueo mental que suscita afrontar las masacres que se perpetraron ante las narices de los combatientes.
La suerte de la División cambió bruscamente con el desastre de Stalingrado. Su imagen pública y su capacidad militar se fueron deteriorando durante el invierno de 1942, y especialmente tras la carnicería de la batalla de Krasni Bor en febrero de 1943 (donde sufrió 2.000 bajas en 24 horas), de la que ya no logró recuperarse. Por ende, su presencia encrespaba a los aliados sin importarle ya demasiado a los alemanes, de modo que tras la caída de Mussolini, la apertura del escenario bélico en Italia y el fin de la presión alemana por la intervención española en la guerra, su presencia se hizo perfectamente prescindible, hasta ser disuelta por el gobierno el 29 de septiembre de 1943.
La obra presenta un tono más elegíaco que heroico, como corresponde a una peripecia política y militar en la que Falange había perdido la «guerra de posiciones» en la retaguardia franquista antes de ver desbordadas sus propias posiciones en el frente ruso. La gran pregunta que persiste es: ¿fueron testigos o actores de la brutal guerra nazi-soviética? Quizás haya llegado el momento de «normalizar» definitivamente el legado histórico de la División Azul.

E. González Calleja  17.04.2011

 

domingo, 24 de abril de 2011

El día de mañana

Título:          El día de mañana
Autor:          Ignacio Martinez de Pisón
Editor:         Anagrama
ISBN:         9788432214042
Lugar:         Barcelona
Fecha:         2011
Reseña:       El Cultural (El Mundo) España


La ya dilatada carrera literaria de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha mantenido siempre un alto nivel de calidad, dentro del cual la exploración inicial del mundo infantil y adolescente de los primeros relatos ha ido dando paso a títulos como El tiempo de las mujeres o Dientes de leche, donde el propósito del autor se extiende hacia la reconstrucción de ámbitos sociales e históricos más amplios, hasta rozar a veces los límites de la crónica de hechos sucedidos, como en el volumen Enterrar a los muertos.

Esta nueva novela se encuentra en la misma línea. Si el famoso parte que notificaba en 1939 el final de la guerra civil comenzaba con las palabras “en el día de hoy...", Martínez de Pisón anuncia desde el título que se propone indagar en la etapa siguiente (El día de mañana), y, en efecto, las sustancias de contenido de la historia se refieren a una larga etapa de la posguerra, desde los años 50, marcados aún por la escasez material y las migraciones de mano de obra hacia Cataluña, hasta los primeros movimientos antifranquistas, la convulsa transición y los últimos coletazos de la ultraderecha más violenta. El núcleo de la historia gira en torno al personaje de un inmigrante, Justo Gil, que sobrevive al principio en difíciles condiciones, agravadas por la necesidad de cuidar de su madre, aquejada de una grave lesión cerebral. La precaria vida en Barcelona de Justo Gil, que pasa por empleos irrisorios y ruinosos negocios de tres al cuarto hasta desembocar en deleznables tareas de chivato y confidente policial, va siendo reconstruida parcialmente mediante distintas evocaciones -suscitadas por las pesquisas actuales de un joven que desea entender cierto enigma familiar- de quienes lo conocieron o trataron con él en diversas etapas. De este modo se multiplican las perspectivas -algo que, en menor medida, sucedía en El tiempo de las mujeres-, merced a un procedimiento narrativo que ya utilizó Welles en Ciudadano Kane, o Siodmak (en una película citada erróneamente por un personaje (p.368) como Los asesinos, su título original, pero que en la versión española se llamó Forajidos).

Estos personajes, cuya función parece ser exclusivamente la de informar acerca de Justo Gil, proporcionando datos que el lector deberá encajar, no son, sin embargo, tan sólo meros instrumentos, sino que aportan sus propias historias, que se introducen con naturalidad en sus relatos y ayudan a configurar un vasto tapiz social. El policía Mateo Moreno, el aspirante a periodista Manel Pérez, el activista clandestino Eliseu Ruiz, subversivos de salón como Marc Jordana o Chantal, el adolescente Noel León, mujeres de profunda entereza como Carme Román o Elvira Solé, así como otros personajes de no menor cuantía, componen un conjunto convincente de retratos bien pergeñados y desarrollados, de vidas verosímiles -la de Mateo Moreno, la de Eliseu Ruiz y Teresa, etc.-, mezclado todo ello con el relato peculiar de hechos históricos, como el encierro en Montserrat. Nos encontramos ante un escritor que sabe contar -sin adornos innecesarios, con nitidez y precisión- y que rehúye los planteamientos esquemáticos. No hay personajes buenos o malos, sin más, porque el espíritu humano es complejo y rechaza las clasificaciones simplistas; ni siquiera la abominable tarea como delator de Justo Gil oculta sus nobles sentimientos con respecto a su madre o a Carme Román. Sin divagaciones, sin artificios explicativos, confiándolo todo a la escueta narración de hechos, Martínez de Pisón alcanza en algunos momentos una sutileza psicológica y una hondura que constituyen indicios inequívocos de la madurez creadora.

Sólo se percibe algún desajuste. Así, en los años 50 eran impensables los abrazos y besos en público entre los enamorados (pp. 14, 19, 64), y Justo no hubiera podido hablar de “una pequeña emergencia” (p. 26), utilizando un anglicismo aún no aclimatado como hoy entre nosotros. Es una satisfacción para el lector seguir paso a paso las páginas de un autor que debe figurar -éste sí- en la primera división de nuestros narradores actuales.


Ricardo Senabre  22.04.2011

jueves, 21 de abril de 2011

Un sueño fugaz

Título:          Un sueño fugaz
Autor:          Iván Thays
Editor:         Anagrama
ISBN:          9788433972255
Lugar:          Barcelona
Fecha:          2011
Reseña:        ABCD (El ABC) España


El prestigio de la fama o del éxito -como prefiere el actual prosaísmo- es muy inferior al del fracaso en la Historia de las letras. Puede recordarse el significativo y olvidado título El divino fracaso, de Rafael Cansinos Assens, uno de los más grandes escritores omitidos, pero celebrado, tal vez porque, como Emily Dickinson creía, publicar no era indispensable para un escritor.
La novela del narrador peruano Iván Thays asedia los tres ámbitos en que la experiencia del fracaso es más dolorosa: el paso del tiempo, el amor y el arte. Finge desarrollar una trama en la que un escritor va jalonando su existencia a partir de su deseo de convertirse en un autor celebrado; desde su época de estudiante, cuando participaba en los experimentos creativos de un taller literario, hasta los años últimos, cuando vivir es ya sólo esperar la muerte.
«Los centenos»
La excusa permite a Iván Thays compendiar la vida del protagonista mediante episodios que lo enlazan a lo largo de diversas etapas con los amigos que forjó en el taller de escritura, «los centenos». En cada tramo, el encuentro con aquellos autores incipientes, ineptos o de secreto talento, le sirve oportunamente para comparar sus carreras, aguzar la envidia o el desasosiego y, sobre todo, compartir la mediocridad de un destino vulgar y romo, inútil.
Se es famoso merced a los demás, fuera de uno mismo. Se es uno mismo porque los otros lo creen y crean. Esa paradoja permite al protagonista alcanzar su reflejo, intuirse, aunque ese no sea el modo de ser del todo o de ser plenamente. En Un sueño fugaz, el escritor sumariamente retratado completa su individualidad manteniendo el vínculo con sus compañeros de taller a lo largo de toda la vida: lee sus libros para comprobar que no tienen talento o que aquello que han escrito no revela que sean el autor completo que él no es.
De igual modo, la juventud nos lo presenta en la primavera de su vida como un moderno Marqués de Bradomín de sensualidad insatisfecha y espíritu melancólico que languidece en Venecia primero, y luego en Trieste. Pero la felicidad no se encuentra para él en el arte ni en el amor, si acaso su sensibilidad exacerbada lo aboca a sufrir aún más y regresa a Lima con el cargo de la muerte de un hijo en la memoria y tras haber buscado la pasión en circunstanciales relaciones en las que aspira a olvidar el dolor y sustituir a su esposa.
Contada en tramos ordenados cronológicamente, Un sueño fugaz no oculta el artificio: ordena simétricamente los sucesos, abre y cierra el argumento con la presencia del Profesor Delgado, un artista del hambre de fracaso devorado por el olvido, y presenta los sucesos como gobernados por un misterioso simbolismo. El mayor de todos, el del tiempo, este sic transit gloria mundi que inspira la trama y parece regodearse con morbosidad en la desesperanza y el desengaño.
Colección de fábulas
Perseguir la fama es «un sueño fugaz» y caprichoso, parece decirnos Iván Thays. El anecdotario es amplio, inagotable: tocado por la gracia de la celebridad, Cocteau era ya famoso a los 17 años, en tanto que Groussac opinaba que ser famoso en América no era dejar de ser un desconocido. Sainte-Beuve consideró el favor de la celebridad como una prostitución y Chamfort describía el fenómeno de ser famoso y gozar de éxito como la propiedad de ser conocido por aquellos que no conocen nada. La fama, el río que lleva en la superficie los cuerpos ligeros e hinchados, mientras se sumergen los pesados y sólidos, sentenció Francis Bacon.
Pero los avisos de la Historia y de la tradición sólo se convierten en lecciones cuando ya no cabe remedio alguno sobre ellos, y el autor de esta fábula o de esta colección de fábulas es aún joven para caer en el desengaño. Tras su mensaje de escepticismo perdura el vigor de la imaginación y la libertad con que plantea el desenvolvimiento de su mundo narrativo. Se expresa mediante símbolos, pero no deja que estos ahoguen la ficción y exhibe una hábil destreza en la creación de personajes. Intencionadamente ha limitado su imaginación a un escenario que preconiza, sin embargo, una obra futura de imprevisibles ensanchamientos.

Arturo García Ramos  17.04.2011

Memoria de la nieve

Título:          Memoria de la nieve
Autor:          Marian Womack
Editor:          Tropo
ISBN:          9788496911345
Lugar:          Zaragoza
Fecha:          Febrero 2011
Reseña:        El Cultural (El Mundo) España




En la contracubierta de este primer libro de la polifacética Marian Womack se afirma que se trata de una novela, aunque yo no estoy del todo de acuerdo. Un perfil apresurado de la autora, gaditana treintañera, nos obliga a nombrar su licenciatura en literatura inglesa por la Universidad de Glasgow, su larga dedicación a la traducción literaria y su reciente faceta de editora, al frente de Nevsky, una pequeña editorial especializada en literatura rusa. No son datos baladíes, puesto que todos ellos parecen tener su correspondencia en estas páginas. El amor por lo eslavo, las experiencias como estudiante en otros países o el amor por la literatura se desbordan en las páginas de este hermoso debut, que es también una declaración de intenciones nada frecuente.

Quien antes haya leído a Womack -ha podido hacerlo en antologías como Akelarre. Antología del cuento de terror (Salto de Página, 2010) o Antología de los corazones sucios (Baladí, 2010)- ya sabe que la marca de la casa es un hilo conductor sutil, apenas narrativo, cargado de imágenes poéticas. Leer a Womack es una experiencia sensorial. Sus textos son de una belleza deslumbrante. Sus personajes, protagonistas de tragedia que nos conturbarán. Esta ¿novela? cuenta una historia de viajes y desolaciones. Mujeres solas “como islas” enfrentadas al mundo, que buscan su lugar en él, aunque a veces lo detesten.


Care Santos  15.04.2011

miércoles, 20 de abril de 2011

Ruido de muchas aguas

Título:          Ruido de muchas aguas
Autor:         José Manuel Caballero Bonald
Editor:        Visor
ISBN:         9788498950625
Lugar:         Madrid
Fecha:         Febrero 2011
Reseña:       Babelia (El País) España
Entra la noche como un bulto / de mar vacío y de caverna, / se va esparciendo por los bordes / del alcohol y del insomnio, / lame las manos del enfermo / y el corazón de los cautivos, / y en la blancura de las páginas / entra también la noche". José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1926) suele abrir sus lecturas públicas con el poema al que pertenecen estos versos, 'Versículos del Génesis', incluido en su primer libro, Las adivinaciones. No es, pues, extraño que los poemas dedicados a la noche sean uno de los dos grandes ejes de Ruido de muchas aguas, su antología más reciente, elaborada por la poeta Aurora Luque. "La noche siempre ha sido para mí una metáfora múltiple, hay muchas cosas detrás de la noche: la libertad, la incertidumbre, la parte oscura de la realidad...", explica Caballero Bonald en su casa madrileña durante una tarde de cortinas cerradas que, con la charla, se irá volviendo cada vez más oscura hasta borrar afuera la ciudad desprevenida.
El autor de títulos clásicos de la poesía española contemporánea como Descrédito del héroe (1977) o La noche no tiene paredes (2009) descubrió el de esta selección "releyendo el Apocalipsis" y en él se resume a la perfección esa confusión nocturna que iguala al místico y al trasnochador. "Quizá eso forma parte de mis propias contradicciones", dice el poeta. "Como lector, cada vez estoy más cerca de los místicos, no solo de los cristianos, también de los musulmanes, de los sufíes. Me atrae mucho la mística como forma de conocimiento de una verdad oscura. Y el lado opuesto: la noche como aventura, como escapada, algo que yo he vivido muy de cerca". Tradicionalmente más noctámbulo que madrugador, Caballero Bonald dice ahora se tiene prohibido a sí mismo trasnochar: "Ya no salgo como antes, qué va, la edad no me deja. Es una especie de desaliento... saber que ya no resistes, que ya no es como antes. La cabronada de la vejez".
"Hermano de la noche hermano mío de la insomne potencia de la noche / atrévete a surcar el ávido oleaje del deseo". Son, de nuevo, versos, versículos. Esta vez del último libro que ha escrito Caballero Bonald. Se publicará durante el próximo invierno pero aún no tiene título definitivo. Entretanto, el largo fragmento recogido en Ruido de muchas aguas permite comprobar en su escritura una fuerza inesperada en alguien de su edad. "Este nuevo libro me rejuvenece en cierto modo", admite el poeta. "He andado buscando nuevos aparejos expresivos, otras posibilidades... Por eso he usado otra vez el versículo largo sin métrica prefijada, pero también sin puntos ni comas. Me parecía que la continuidad del poema, su carácter acumulativo de memorias, de confesiones, lo exigía así, aunque cada verso tiene cierta unidad de sentido y supongo que la respiración reflexiva del lector se adapta bien a esa forma".
"Pensar que nunca quise recurrir a otra belleza que la más ilegible", sigue diciendo este poema-libro que se acerca a los límites de la oscuridad: "Hay en este libro muchas paradojas, muchas contradicciones, ese consabido espacio de la ambigüedad. Pienso que, en arte, la ambigüedad es poco menos que un fundamento, una especie de soporte ineludible. Yo no estoy seguro de nada, cada vez tengo más dudas, y creo que mi poesía también está afectada por esas dudas, por esa ambigüedad, ha llegado a ser como un estado de ánimo".
Además, el autor de Laberinto de Fortuna, dice haber vuelto a "creer" en algo en cuya existencia nunca había reparado: la inspiración. "Sí, ha sido como una sensación que ya tenía más que olvidada. Estaba escribiendo como si realmente estuviera ingresando en esa zona prohibida de la imaginación que se parece mucho a la iluminación intuitiva, algo así de literario... Me sentía emocionado con lo que estaba escribiendo. Y lo hice en muy poco tiempo, como en trance, una experiencia que se parece mucho a la exaltación". En alguna ocasión, el propio Caballero Bonald ha definido la poesía como una mezcla de música y matemática. ¿Cómo se corrige un arrebato así? "Me importa mucho la música y el rigor del poema, como si dijéramos una mezcla de sensibilidad y conocimiento, pero por ahí anda también lo que se entiende por inspiración
... y ese es un estímulo peligroso, claro, muy poco fiable. El primer borrador era más bien torrencial y todavía ando por ahí reparando algunas averías, algunos desajustes".
Junto a la noche, la otra mitad de Ruido de muchas aguas es el mar, concretamente el mar de Argónida, un territorio inventado pero cuyo paisaje es el de la desembocadura del Guadalquivir. "Ese territorio forma parte esencial de mi memoria, de los mitos de mi infancia. Frente a ese mundo me he hecho hombre y escritor", explica este jerezano irónico para el que su Argónida tiene también algo de respuesta a la Andalucía más tópica: "Algo tiene, sí, incluso de respuesta de doble filo. Detesto la Andalucía oficial, todos esos odiosos andaluces profesionales... Por eso me invento una Andalucía presunta que tal vez solo sea válida a efectos poéticos, pero que a mí también me sirve para ir viviendo".
La edición de Ruido de muchas aguas coincide con la aparición en bolsillo de Somos el tiempo que nos queda, un volumen de 800 páginas que reúne su poesía completa. Además, el año que viene se cumplen 60 de la publicación del primer libro de Caballero Bonald, el citado Las adivinaciones. Imposible no hacer balance: "Miro el índice general de mi obra y me siento bastante de acuerdo con lo que he hecho. El libro mío que menos me gusta no es el primero, que suele quedarse tan a trasmano que piensas que es un ensayo de lo que va a venir, pero no, el que siento menos próximo es Pliegos de cordel. Fue el tributo a una etapa histórica, la del socialrealismo. No es que lo repudie, pero ya no comparto algunas de sus simplificaciones. Era muy consciente de que estaba poniendo mi poesía al servicio de una causa política, la lucha antifranquista y todo eso, cosa que históricamente está más que justificada. Se trataba de contar en la poesía lo que no se contaba en los periódicos".
El balance también tiene que ver con eso que llaman posteridad, incluida la que conlleva ganar un galardón como el Cervantes, cuyas quinielas suelen incluir desde hace años a este hombre que tiene ya casi todos los premios. ¿Se ha planteado que podría ganarlo? "Sí, claro. Yo creo que ese premio también tiene su propio escalafón, te toca por viejo y por no haber dimitido, por estar todavía en la brecha (risas)". La noche, como un vértigo, se va cerrando sobre la conversación y el poeta admite que, más allá de lo sonoro del título, somos el tiempo que nos queda: "El tiempo es una losa que aumenta de peso con los días. A mi edad entiendes perfectamente esas figuras horacianas que no son literatura: el tempus fugit y todo eso. No siento angustia, en el fondo hay una cierta placidez. El pasado se alarga y el porvenir se acorta. ¿El futuro? Para mí ya es algo muy vago, muy difuso. Yo soy mi pasado, ese es mi alimento. Mi amigo Antonio Gades solía decir algo con lo que me identifico: todavía me queda mucho pasado por delante".

Javier Rodriguez Marcos  16.04.2011

Un momento de descanso

Título:          Un momento de descanso
Autor:          Antonio Orejudo
Editorial:      Tusquets
ISBN:          978-84-8383-297-4
Lugar:          Barcelona
Fecha:         Marzo 2011
Reseña:       El Cultural (El Mundo) España

Esta es la cuarta novela de Antonio Orejudo (Madrid, 1963). En ella el humor constituye su valor predominante, derramado en diferentes variedades y grados, desde la ironía más o menos comprensiva o amarga hasta la sátira corrosiva y mordaz, pasando por la deformación grotesca del mundillo universitario en Estados Unidos y en España, que el autor conoce bien por haber sido profesor en universidades norteamericanas y, en la actualidad, en la de Almería.

Un momento de descanso tiene algo de autoficción (incluida su parodia) por las coincidencias entre la historia novelada y la realidad, sobre todo en la figura del narrador, cuyo nombre es el mismo que el del autor, Antonio Orejudo, a quien se atribuyen sus tres novelas anteriores (p. 145), su condición de profesor universitario en EEUU y su regreso a la universidad española. Pero nada de esto garantiza la verdad de lo que cuenta en la novela, donde se ha construido un yo figurado que juega con la simulación entre lo verídico, ilusoriamente apoyado en rasgos del autor, y lo imaginado en una continua invención de episodios y situaciones hilarantes, grotescas y excéntricas que muestran la degradación caricaturesca de la realidad de nuestro tiempo en el ámbito universitario.

La novela comienza con el encuentro de dos amigos en la feria del libro de Madrid. Orejudo firma ejemplares de sus novelas y recibe la visita de Arturo Cifuentes. Llevan 17 años sin verse. Cifuentes ha descubierto en la universidad donde espera la cátedra una historia de traiciones, falsificación de biografías y otros desmanes amparados por el franquismo y que la democracia no corrigió. Cifuentes ofrece sus hallazgos a Orejudo para que escriba un libro que denuncie tales tropelías. Y esta es la novela que acabamos de leer.

Para escribirla, el narrador Orejudo aprovecha lo que le contó Cifuentes, quien, a su vez, recabó el testimonio de otros narradores para completar varios episodios: por ejemplo, el de la secretaria del departamento en la historia del profesor que acabó suicidándose, el de una profesora de Oxford en la astracanada de las oposiciones del suicida o el de un fraile centenario para conocer la historia familiar del mismo profesor. Todo ello da lugar a una visión degradante de la universidad americana, bajo el poder de la tríada formada por negros, feministas y homosexuales, con extravagancias como aplicar las teorías de male feminism al estudio de la literatura española medieval; parecida visión carnavalesca se aplica a la universidad española, con situaciones tan escandalosas que nadie que no esté dentro de su mundillo creería. El narrador ha tenido buen cuidado de sustentar la verosimilitud literaria de tan increíbles corruptelas en los sucesivos filtros de su relato: el fraile centenario se chuta con porros y él mismo ha experimentado en USA unas pruebas de laboratorio que lo han llevado a confundir realidad y ficción. Así se ha hecho escritor de ficciones. Así escribió en perpetua confusión la historia descubierta por Cifuentes, cuando este ya no quería por haberse integrado en el sistema como catedrático. Y así Orejudo ha completado una historia contra toda certidumbre porque nada es lo que parece, una novela contada con amenidad, fluidez y ácido humor, afilado con el sarcasmo de Baroja y el esperpento de Valle Inclán, que divertirá a muchos lectores y avergonzará a quienes puedan darse por aludidos.


Ángel Basanta 15.04.2011

Todo está perdonado

Título:          Todo está perdonado
Autor:          Rafael Reig
Editorial:      Tusquets
ISBN:          978-84-8383-316-2
Lugar:          Barcelona
Fecha:         Marzo 2011
Reseña:       El Cultural (El Mundo) España



Un prolongado paréntesis narrativo tras la última novela de Rafael Reig (Cangas de Onís, Asturias, 1963), rellenado sin embargo por el original Manual de literatura para caníbales (2006), parece haber servido para la preparación de esta novela, acaso la más ambiciosa y compleja del autor, que pone en práctica, acentuándola, su ya probada capacidad para la sátira y el sarcasmo, próximo en muchos momentos al territorio del esperpento y de la parodia.

Para atrapar la atención del lector, la narración comienza con la misteriosa muerte, en el mismo día de su boda, de Laura Gamazo, hija de un prohombre de los negocios, el cual encarga la investigación del suceso a varios detectives. Este motivo de la historia quedará pronto relegado para dar paso a otros, pero el aroma del género negro -claro que con toques paródicos- reaparece de vez en cuando, como en la larga escena entre el detective Clot -que ya figuraba entre los personajes de Sangre a borbotones (2002)- frente a Lou Seltz y sus matones (pp. 318-322), que parece un homenaje a Raymond Chandler y que más tarde conducirá a un grotesco encuentro amoroso entre los antagonistas. El asunto de la muerte de Laura es tan sólo el pretexto para reconstruir la historia familiar de los Gamazo desde antes de la guerra civil hasta lo que el narrador llama “la Inmaculada Transición”. Uno de los narradores, habría que precisar, porque el relato cambia de puntos de vista para ofrecer ángulos diferentes de esa compleja realidad que es la evolución de la sociedad española encerrada en la gran urbe de Madrid y contemplada con una mirada fluvial, ya ensayada también en Sangre a borbotones: “Se halla dividida por una espina dorsal, el Canal Castellana, ese oscuro río que fue un bulevar ruidoso: bajo el agua aún se agitan, como esqueletos de manos cubiertas de liquen, mordidas por los peces, las ramas de las acacias, de los plátanos y de algún que otro castaño que ya estará colonizado por corales y espinas” (p. 21). En esta sostenida metáfora, el canal tiene su “rive droite”, que es “asiento de la burguesía y el dinero [...] casi siempre obtenido por medios delictivos”, y la “rive gauche”, que es “un amasijo grasiento de populacho y clase media, salpicado de intermitencias de bohemia artística”. Y cuenta con lugares significativos, como el malecón del Prado, Puerto Atocha o la isla de Cibeles.

Metaforizaciones de esta naturaleza producen algunas páginas memorables, como en la magistral narración de un cáncer que invade el cuerpo de doña Carlota de igual modo que las tropas de Franco invadieron poco a poco la Península (pp. 203-205), desde que se produce el “Alzamiento celular que se había sublevado en el páncreas africano” hasta que la paciente muere envuelta en sangre y se comprueba que “en el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas tumorales sus últimos objetivos militares”. En otros momentos es el fútbol y sus jugadas lo que se utiliza para hablar de movimientos políticos. Y también hay algunos personajes, como Clot y Rosario, diseñados con hondura e indudable destreza, hasta el punto de que la historia de ambos podría ser ya otra novela.

Todo esto ratifica que Reig es un escritor imaginativo y brillantísimo, capaz de ofrecer ángulos nuevos e inesperados de lo consabido, aunque en su reconstrucción de medio siglo de historia española -subrayada, como hizo Dos Passos y han reiterado luego muchos autores, con la inserción de noticias y textos periodísticos de la época- haya desequilibrios notorios entre la claridad con que evoca las maniobras del GRAPO, por ejemplo, y el carácter elusivo -que para muchos será confuso- del enfrentamiento entre los “bucalistas” y los “gnósticos”. La historia de los envases de hostias consagradas es un buen hallazgo de grand guignol, pero queda un tanto desaprovechada en medio de escenas que no siempre parecen estar ordenadas adecuadamente en la misma dirección. Se atiende a varios frentes, pero de modo desigual. Este aspecto constructivo, con sus continuos saltos de eje, está algunos codos por debajo de la calidad de la prosa, impecable, en general, aunque con alguna caída en la trivialidad (“el día a día”, p. 46), algún anacronismo (“ya te vale” [p. 172] no es giro existente en los años 40), algún craso error (el pacto de Cánovas no puede “hacer aguas” [p. 79], así, en plural) y algún pecado mortal (“no se dignaba a mantener contactos”, p. 217) que requiere urgente confesión.


Ricardo Senabre  11.03.2011


viernes, 15 de abril de 2011

Los enamoramientos

Título:          Los enamoramientos
Autor:         Javier Marías
Editorial:     Alfaguara
ISBN:         9788420407135
Lugar:         Madrid
Fecha:        2011
Reseña:      El Cultural (El Mundo) España




















Con novelas traducidas en cuarenta lenguas, publicadas en 50 países, y seis millones de ejemplares vendidos, Javier Marías (Madrid, 1951), de quien se conmemoran 40 años de vida literaria con la reedición de su primera obra, Los dominios del lobo (1971-2011), es el escritor español vivo con mayor proyección internacional en las más altas esferas literarias. No tenía fácil salir con acierto del esfuerzo acometido en la monumental novela en tres partes Tu rostro mañana (2002-2007), que, por su compromiso moral y literario en rescatar del olvido por medio de la ficción verdadera, ciertos episodios de la historia europea en el siglo XX, constituye una de las cumbres novelísticas de nuestro tiempo. Mas ha superado con éxito la encrucijada dando cima a una novela excelente, digna de figurar entre las mejores de su autor porque, tanto por el conflicto novelado como por sus estrategias narrativas, ofrece un genuino producto de Marías en estado puro, incluida la presencia recurrente del profesor Rico en su condición de “hombre de saber inmenso”, también arrogante y fatuo en su “pueril pavoneo”.
Si en las novelas del ciclo Deza, Marías había construido figuraciones de un yo mudable en cada una de la serie memorial, iniciada con Todas las almas (1989) y Negra espalda del tiempo (1998) y concluida en Tu rostro mañana (analizada por Pozuelo Yvancos en Figuraciones del yo en la narrativa. Javier Marías y Enrique Vila-Matas, 2010), en Los enamoramientos la estrategia narrativa descansa en la figuración de un yo femenino que da lugar a una novela de narrador cuyo interés se centra en conflictos encarnados en el interior de unos personajes concretos y en la autocrítica de la novela misma en su proceso creativo. Con ello Marías pasa del alcance colectivo de algunos episodios dramáticos de la historia europea en Tu rostro mañana al interés por los conflictos íntimos de personajes en su individualidad, si bien trascendidos en su dimensión universal. Porque la narración empieza, como por azar, con la muerte de un empresario acuchillado por un aparcacoches. La narradora, María Dolz, conocía al muerto por coincidir con él y con su esposa en los desayunos. Y lo que comienza como uno de tantos crímenes perpetrado en la persona de un ejecutivo va transformándose gradualmente desde lo que pudo ser un homicidio más, con diversas posibilidades en su explicación, hasta el asesinato planeado por un amigo interesado en sustituir al difunto e incluso la muerte violenta por suicidio asistido solicitada por el enfermo terminal.
En este proceso hay una extraordinaria riqueza semántica, por sus múltiples ángulos de interpretación, y literaria, tanto por los referentes de otros textos que funcionan como complementos que iluminan la situación presente, como por la constante autocrítica de la mente narradora en el examen de conjeturas y refutaciones que puedan esclarecer la verdad de lo ocurrido. Pero esta verdad, lejos de ser unívoca, resulta compleja e irreductible a simplificación. Y así la que parecía una obra sobre el amor, la amistad, las relaciones de pareja, el azar, la muerte, la memoria y la culpa, lo cual ya es mucho, ensancha su sentido hasta convertirse en una novela sobre la radical inaprehensibilidad de la realidad, la impunidad y la extrema dificultad de conocer la verdad. Con ello la novela trasciende su empeño en el análisis pormenorizado de situaciones, observaciones, pensamientos y sentimientos enraizados en la vida cotidiana, examinados en sus mínimos detalles, hacia la consideración meditativa de afanes, ambiciones y constantes universales que mueven el mundo. A los cuales hay que añadir la envidia, cuya relevancia en la interpretación de lo narrado viene resaltada por su repetida definición según el diccionario de Covarrubias.
En su minuciosa exploración de la cotidianidad, tratando de hallar la trascendencia en la banalidad, lo cual es un rasgo fundamental de grandes novelas a partir del siglo XX, el autor ha sabido enriquecer la introspección psicológica de sus criaturas con el concurso de otros textos en los que se plantean situaciones y problemas similares, como alguna frase de Macbeth (Shakespeare es habitual en las novelas de Marías), la novela corta El coronel Chabert, de Balzac, y el pasado matrimonial de Athos en Los tres mosqueteros. No son referencias gratuitas, sino hipotextos cuya recurrencia perdura porque complementan la interpretación de lo contado. Nada es gratuito, pues todo está motivado en un texto muy pensado en cada frase. Y aun cabe añadir alguna referencia cervantina. Como sabemos, la herencia de Cervantes está cada vez más presente en las novelas de Marías. Aquí, como en el ciclo Deza, es manifiesta en la autocrítica de la novela a través de la voz y la visión de la narradora, quien, a veces, se convierte en receptora crítica, como sucede en sus intervenciones ante el increíble relato de Díaz-Varela sobre la muerte de su amigo. Y aun podría sumarse el eco cervantino de El curioso impertinente en el dramático desarrollo del plan concebido por ambos amigos o solo imaginado, además de la polionomasia en el nombre de Miguel Desvern o Deverne.
Los enamoramientos, título que recoge los que se fraguan en el matrimonio de Luisa y Miguel, entre la narradora y Díaz-Varela, entre Díaz-Varela y Luisa, es novela que va creciendo en intensidad, tanto en la observación de lo cotidiano y la complejidad psicólogica de sus personajes como en la gradual ponderación de nuevas posibilidades por sabia distribución de la información. También es novela que vamos viendo hacerse a sí misma, con lúcido análisis de los problemas que su desarrollo va planteando. Es admirable, por ejemplo, la narración del último encuentro entre la narradora y Díaz-Varela en casa de éste, donde ella actúa como interlocutor crítico del asombroso relato de él. Y para examinar con detenimiento y exhaustividad lo que se está contando, el tiempo se ralentiza en las ocho últimas secuencias de la tercera parte (pp. 279-350) hasta el punto de durar más el discurso que el tiempo real. Por eso habla y réplica en el diálogo entre ambos se distancian para favorecer amplias y pertinentes digresiones en la comprensión de lo que está sucediendo.
Estamos ante una gran novela que nos analiza a los seres humanos en nuestros afanes y miserias, y que se explica a sí misma, una novela ensayo, tal vez la modalidad más importante en la narrativa europea actual, que, además de comentarse a sí misma, señala los peligros a los que se enfrenta: tener un final previsible y quedar reducida a un melodrama protagonizado por el clásico triángulo amoroso o a una novela policíaca. Tales retos han sido superados con acierto. Pues el reproche de lo previsible lo desmonta la narradora con sus digresiones; el riesgo de melodrama queda superado por la indagación en las pasiones y flaquezas humanas; y el peligro de novela policíaca desaparece al no denunciar la narradora lo que sabe, por lo cual no hay investigación y, al cabo, Díaz-Varela encarna una metáfora de nuestro tiempo en su figura de arribista sin escrúpulos que triunfa sin reparar en los medios.

Ángel Basanta    08.04.2011