martes, 26 de abril de 2011

La División Azul. Rusia, 1941-1944

Título:            La División Azul. Rusia, 1941-1944
Autor:            Jorge Martínez Reverte
Editor:           RBA Libros
ISBN:           9788498679465
Lugar:           Barcelona
Fecha:           2011
Reseña:         ABCD (El ABC) España

A setenta años de su creación, la División Española de Voluntarios continúa siendo objeto de una atención que muy pocas unidades del Heer han disfrutado o padecido. Porque hay que advertir que, a diferencia de otras unidades aliadas de Alemania, la 250 División de Infantería juró fidelidad a Hitler y actuó en todo momento, para bien o para mal, como una unidad de la Wehrmacht. Gracias a los trabajos recientes de Bowen, Thomàs, Moreno Juliá, Rodríguez Jiménez o Nuñez Seixas, podría pensarse que está todo dicho sobre la División Azul, pero aún quedan muchos recovecos por explorar (por ejemplo, en los archivos soviéticos o alemanes), y asuntos polémicos que esclarecer.
Puntos oscuros
Con el dominio de la publicística memorial e historiográfica al que nos tiene acostumbrados, al que adjunta puntualmente documentación de archivo, Martínez Reverte nos ofrece una narración plausible de la peripecia de esta unidad, cuyos altibajos de fortuna pueden ser contemplados como un barómetro de la actitud cambiante de España respecto de la Guerra Mundial. El autor se detiene en aquellos puntos oscuros que la mitificación de los combatientes ocultó en su momento. Para ello, dedica tanta atención a las operaciones del frente como a los movimientos en tres retaguardias: la española, la alemana y la rusa. En la primera se hace una buena descripción de los rifirrafes mantenidos entre Falange y el Ejército, o entre germanófilos y neutralistas en el seno de las Fuerzas Armadas.
Juego de camarillas
En este contexto de tensión creciente se debe integrar el envío de un cuerpo expedicionario que atendió a varios propósitos: ajustar las cuentas pendientes con soviéticos y alemanes, disponer de una baza negociadora en el diseño del Nuevo Orden europeo nazi, dar salida económica y de mérito a la plétora de oficiales jóvenes surgida de la guerra, y reducir el nivel de confrontación con los militares satisfaciendo el ardor guerrero de un falangismo extremista cada vez más descontento con la evolución del régimen, desviándolo de la lucha con la tendencia contemporizadora representada por Arrese.
En este juego de camarillas, Martínez Reverte destaca el cinismo de algunos jerarcas que presionaron a sus correligionarios que no habían combatido en la Guerra Civil para que demostraran su valor en Rusia, la venalidad de algunos generales sobornados por el Reino Unido con la intermediación de Juan March y la actividad de la prensa, especialmente en sus connotaciones ideológicas (la difusión del mito conspiratorio judeo-marxista-bolchevique), y los lazos económicos con el nazismo a través de la financiación de los corresponsales en Berlín.
La narración de las vicisitudes en la retaguardia germana tiene dos nombres propios: Hitler y Muñoz Grandes, que compartían la inquina hacia Serrano Suñer, quien con su llamada a las armas aceleró paradójicamente la liquidación de la Falange revolucionaria, que tras ser diezmada en el frente ruso nunca volvió a recuperar las posiciones políticas perdidas. Más allá de sus conspiraciones con el Führer para encabezar una posible alternativa a Franco, Muñoz Grandes no sale bien librado de su mando divisionario: se le censura su desorganización y sus errores de cálculo, que llevaron a malgastar la vida de sus soldados en baldías operaciones en busca de honor y prestigio militar.
Pero el escenario verdaderamente dramático es el que se está desarrollando en las retaguardias cercanas al campo de batalla, ante los ojos de los soldados españoles. En realidad, la verdadera tragedia no es la suya, sino la de la población civil sitiada en Leningrado (donde hubo 1.200.000 muertos, cuatro veces más víctimas que en toda la Guerra Civil española) o la de los judíos que estaban siendo concienzudamente exterminados, y que aparecen en la lejanía de los relatos de unos combatientes españoles que pasaron de puntillas sobre el genocidio que se estaba perpetrando sin apenas expresar desazón sobre el trato a los prisioneros, pero que en el frente del Voljov ejecutaron fielmente las órdenes antipartisanas emitidas por el Alto Mando en esa criminal «guerra de exterminio» eficazmente descrita por Omer Bartov.
Bloqueo mental
La narración de Martínez Reverte proporciona un crudo contrapunto realista a la plétora de memorias y hagiografías que aún se escriben sobre esta unidad, en las que se sigue constatando el bloqueo mental que suscita afrontar las masacres que se perpetraron ante las narices de los combatientes.
La suerte de la División cambió bruscamente con el desastre de Stalingrado. Su imagen pública y su capacidad militar se fueron deteriorando durante el invierno de 1942, y especialmente tras la carnicería de la batalla de Krasni Bor en febrero de 1943 (donde sufrió 2.000 bajas en 24 horas), de la que ya no logró recuperarse. Por ende, su presencia encrespaba a los aliados sin importarle ya demasiado a los alemanes, de modo que tras la caída de Mussolini, la apertura del escenario bélico en Italia y el fin de la presión alemana por la intervención española en la guerra, su presencia se hizo perfectamente prescindible, hasta ser disuelta por el gobierno el 29 de septiembre de 1943.
La obra presenta un tono más elegíaco que heroico, como corresponde a una peripecia política y militar en la que Falange había perdido la «guerra de posiciones» en la retaguardia franquista antes de ver desbordadas sus propias posiciones en el frente ruso. La gran pregunta que persiste es: ¿fueron testigos o actores de la brutal guerra nazi-soviética? Quizás haya llegado el momento de «normalizar» definitivamente el legado histórico de la División Azul.

E. González Calleja  17.04.2011

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario